VICARIA PASTORAL
IGLESIA COMUNION Y PARTICIPACION
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ESPIRITUALIDAD DE COMUNION

VIVIR IGLESIA

Introducción

La Espiritualidad de Comunión es “vivir Iglesia”, como un estilo de vida, es decir, una manera de ver-ser-actuar, entorno al valor de comunión  como catalizador de toda la vida cristiana.

La espiritualidad de “vivir Iglesia” se centra así en el corazón de la naturaleza de la Iglesia, su razón de ser en el mundo y en la historia, es decir, ser “como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).

Cuando en la Iglesia se habla de diversas espiritualidades, se hace en el sentido de “diversos modos de sintetizar la vida cristiana en torno a un valor determinante, un valor que caracteriza todos los otros valores del Evangelio”. Así se puede hablar de espiritualidad benedictina, franciscana, salesiana, ignaciana.

 
1.       Vivir Iglesia en cuanto don de Dios
 
Como “misterio” de comunión:

Dios Padre, por Cristo en su Espíritu, comparte la vida con nosotros y con toda la humanidad. Pablo VI habla del “misterio como las realidad humana penetrada de la presencia divina”. Aquellos que, por la fe en Cristo y el bautismo, acogen este “misterio” entran en la comunión con Él. En cuanto bautizados, por eso, somos llamados a compartir la vida de Dios y a compartirla en nuestras relaciones humanas: interpersonales, sociales e institucionales. Nuestras relaciones se convierten en relaciones divinas, de hijos de Dios, de hermanos (LG 1, 2,3,4 y NMI 43).

Por el Espíritu Santo somos integrados en el dinamismo de vida que existe en Dios, en su misterio de amor. Somos y vivimos “en” Cristo, hechos su Cuerpo, su Templo... junto a aquellos que nos han precedido en la fe y aquellos que hoy la comparten junto a nosotros. Así la santidad de todos los tiempos, la del pasado y la del presente, nos pertenece y nuestra santidad pertenece a todos aquellos que en el Espíritu de Jesús son hechos uno.

Por el Espíritu somos “humanidad nueva”, que recuerda a la humanidad que su destino final es la fraternidad universal y que está destinada a superar todas las barreras, de tiempo y de espacio, incluso la muerte, al participar en la resurrección de Cristo.

 
Como pueblo de Dios: profético, sacerdotal y de servicio

La comunión eclesial es vivida “en” el Pueblo de Dios y “como” Pueblo de Dios, para recordar a la humanidad que ella, en su interioridad, es portadora del Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, su sentido y destinación última.

El pueblo participa de la triple función de Cristo: profecía, sacerdocio y servicio, funciones que nos hacen, como pueblo, capaces de:

*       Interpretar nuestra existencia y la de la humanidad en el dinamismo del Espíritu presente en ella.

*       Hacer de nuestra vida, en comunión con el Espíritu Santo, una ofrenda de alabanza agradable a Dios Padre en la conformación con Cristo.

*       Gastar la vida por la extensión del Reino de Dios en el mundo mediante el testimonio, es decir,  la presencia, la palabra y la acción.

 
Para que este Pueblo pueda cumplir fielmente y realizar cada vez más eficazmente sus funciones en la historia, Cristo ha constituido el ministerio de la unidad y ha otorgado diversos carismas de modo que todos, conducidos por el Espíritu, sirvan a:

*     La renovación permanente del mismo Pueblo de Dios.

*     Su crecimiento como Cuerpo de Cristo.

*     Su creciente testimonio de la unidad para que el mundo crea en Cristo, el Hijo de Dios (Jn 17, 21-22).

 
Como sacramento universal de salvación
 
Esta vida de fe, de esperanza y de caridad, compartida en todas las relaciones eclesiales y con la humanidad, hace de la Iglesia:

*        Un signo visible del “misterio” que la constituye, a fin de ofrecer al mundo la posibilidad de leer este signo y, a través de él, alcanzar el misterio que el signo revela.

*        Un instrumento para la extensión del Reino de Dios en el mundo, para que todo lo creado acepte progresivamente la soberanía del Espíritu y se deje invadir por Él.

*        Por ser signo e instrumento, al mismo tiempo “revela” el misterio y lo “vela/esconde”, por eso, la renovación de la Iglesia es algo intrínseco a su naturaleza, para que el signo siempre sea más claro e inteligible y el instrumento sea siempre más adaptado y eficaz en el servicio de la salvación universal.

 
2.-       Vivir Iglesia en cuanto respuesta humana al don de Dios
 
Al don de Dios, el misterio que se nos ofrece, corresponde una respuesta humana hecha de esfuerzos (ascesis) (Lc 14, 27; 1 Cor 9, 19-27) . Si queremos vivir lo que significa la Espiritualidad de comunión según Juan Pablo II: “mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros”; “sentir al hermano como un que me pertenece”; ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo como don para mí”; “saber dar espacio al hermano” (NMI 43) esto no se puede vivir sin una ascesis.

En la historia de la Iglesia la ascesis ha tenido un carácter preferentemente individual y se expresaba en proyectos personales de vida que incluían tiempos y modos de oración, esfuerzos conducentes al dominio de sí en relación con las diversas virtudes que alcanzar...

Si tenemos en cuenta que toda ascesis queda determinada por el fin que se propone, habrá que decir que la espiritualidad de la Comunión exige un tipo de esfuerzo y de método para facilitar y disponer el cuerpo eclesial al don de Dios, que es la santidad del pueblo de Dios en la unidad universal.

La ascesis comunitaria de la Iglesia local exige entre otras cosas:

*        El esfuerzo de toda persona para establecer relaciones de fe con los demás; para vivir comunicaciones de vida sobre la propia experiencia de Dios; para darse al otro, a fin de que ambos, y el pueblo de Dios en su conjunto, alcancen la plenitud.

*        El esfuerzo de grupos, movimientos, asociaciones e instituciones apostólicas y religiosas para abrirse los unos a los otros, para conocer los dones y carismas de cada uno y para darles el lugar adecuado en el propio corazón y en la organicidad de la Iglesia; el esfuerzo por encontrar espacios comunes de intercomunicación en la fe, de intercambio de experiencias, etc. superando todo espíritu de indiferencia, de rivalidad o de competición...

*        El esfuerzo de todos para madurar juntos la conciencia colectiva del querer de Dios sobre la Iglesia y expresarlo en objetivos y metas comunes, para colaborar cooperativa y orgánicamente en su consecución y evaluar juntos el camino realizado conjuntamente.

*        El esfuerzo por someter a discernimiento la vida y la misión de la Iglesia que, portadora de la figura de este mundo, está llamada a una renovación permanente a fin de realizar un servicio eficaz al mundo. Este discernimiento atañe a las personas, a los grupos e instituciones, a las diversas dimensiones de la vida de la Iglesia, en su camino de crecimiento progresivo. Un discernimiento que se convierte en análisis, opción y propuesta.

*        El esfuerzo por crear y recrear estructuras de participación y comunión, a fin de que todos los bautizados tengan la oportunidad y la posibilidad real de ocupar su propio lugar en la Iglesia.

*        El esfuerzo por crear y aplicar métodos de reflexión y comunicación, de diálogo y de discernimiento, de oración y de consenso, de planificación y evaluación, que pongan a la comunidad, Iglesia local, en condición de conocer la voluntad de Dios sobre sí misma, para traducirla en propuestas y objetivos comunes y encontrar los mejores caminos para su actuación o puesta en práctica.

*        El esfuerzo por mantener la disciplina que exigen los métodos y que facilitan el trabajo de conjunto y escoger los métodos y procedimientos más adecuados al fin apostólico y pastoral del compromiso cristiano.

 
3.      Vivir Iglesia e Iglesia Local o Diócesis

Vivir Iglesia se realiza y celebra en la Iglesia Local. Ésta es la comunidad cristiana en la que se expresa o debe expresarse en plenitud (aunque relativa en el tiempo) la Espiritualidad de la Comunión y la ascesis comunitaria que ella exige. La Iglesia "acontece" en la Diócesis como una y única Iglesia de Cristo, en comunión con las demás Iglesias presididas por la Iglesia de Roma. Por eso, la Iglesia Local es la primera Comunidad de salvación en la cual y mediante la cual se participa en la Iglesia universal.

La Espiritualidad de la Comunión o Espiritualidad de Iglesia no se realiza por encima de la Iglesia Particular o Diócesis porque en este caso se diluye toda referencia a lo concreto: lugar, cultura, tiempo, posibilidad de encarnación de la salvación en la existencia de los seres humanos. Tampoco por debajo de la Iglesia Local (parroquias y otras comunidades eclesiales) porque lo que no se sitúa realmente en ella y en comunión con ella, no es comunidad eclesial. Así la espiritualidad de Iglesia en su realización concreta es la espiritualidad de la Iglesia Local o Diócesis.

Ésta es la espiritualidad de todo bautizado, vivir y celebrar la comunión como Iglesia y vivirla y realizarla en la sociedad. Esta Espiritualidad de la Comunión es, con mayor razón, la Espiritualidad del ministerio, del Obispo, de los presbíteros y de los diáconos. En ella se juega la identidad presbiteral, sacramento -signo e instrumento- del pueblo de Dios, santo y llamado a la santidad. Dar la vida para que este pueblo sea cada vez más de Dios y Él sea siempre más Señor de su pueblo, hacia la perfecta comunión. Esta es la identidad más profunda del ser presbiteral que se celebra en la Eucaristía.